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martes, noviembre 24, 2009

Trotsky, el camarada hereje (revista Día Siete 483. nov. 2009)


El 20 de agosto de 1940, en la ciudad de México, tuvo lugar uno de los magnicidios más dramáticos del Siglo XX. León Trotsky fue asesinado a sangre fría en su domicilio, con un brutal golpe de piolet asestado en el cráneo por Ramón Mercader, alias Jacques Mornard, militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña y excombatiente de la guerra civil. Mercader viviría el resto de sus días agobiado por el recuerdo del alarido de su víctima al momento de recibir por la espalda el golpe mortal con el arma que el homicida había introducido oculta en su gabardina. Con ello dio fin la persecución al segundo hombre más importante de la Revolución Bolchevique, luego de que éste perdiera en 1929 la encarnizada lucha por el poder en la Unión soviética.
El juicio sumario había sido dictado en 1937 durante los procesos de Moscú. José Stalin quería eliminar a los opositores de su régimen, principalmente a Trotsky, acusado de ser aliado del fascismo. La ejecución tuvo lugar en el barrio de Coyoacán dentro de una casona lóbrega acondicionada como fortaleza por la propia víctima. El creador del Ejército Rojo y Comisario de Guerra había pasado diez años exiliándose en Turquía, Francia, Noruega y finalmente en México, a donde llegó en aquél mismo año de su sentencia gracias al asilo político otorgado por el presidente Lázaro Cárdenas y promovido por Diego Rivera, amigo de Trotsky.

El geniecillo berrinchudo
Lev Davídovich Bronstein nació el 7 de noviembre de 1879 en Yanovka, un pueblo meridional de Rusia. Fue el quinto hijo de una pareja de pequeños terratenientes judíos de clase media. Desde niño fue polémico y berrinchudo. Debido a su precoz activismo político la mayor parte de su vida sufrió encarcelamientos y deportaciones. A los diecinueve años la policía zarista lo sentencia a pasar cuatro años en la prisión de Odesa, en Siberia, donde contrae matrimonio con su antigua contrincante de un grupo de discusión marxista, Alexandra Sokolovskaya. Lev aprovecha su encierro para leer y escribir febrilmente. Bajo el seudónimo de Antid Oto publica en el periódico revolucionario Iskra, ensayos sobre política, arte y ciencia. En cierta ocasión un guardia le preguntó amenazante por qué no se quitaba el sombrero, como debían hacer todos los prisioneros cuando salían de sus celdas, a lo cual Lev respondió con otra pregunta “¿por qué no te quitas el tuyo?”. Ello dio como resultado una brutal golpiza, pero sus compañeros lo apoyaron con la misma actitud desafiante, logrando así condiciones de encierro menos opresivas. De esta experiencia el futuro líder revolucionario aprendió el valor de la rebelión y de la dignidad.
El seudónimo con el que se haría famoso tuvo su origen en 1902, poco antes de su liberación. El impaciente Lev abandona a su mujer y huye pero necesita un nombre falso en caso de ser atrapado, y escoge Trotsky, el apellido de un guardia de la prisión.
A partir de entonces comienza su transformación en orador poderoso y emotivo, aclamado por las masas pero incapaz de establecer relaciones duraderas de amistad. El rompimiento con Lenin se debió más a su temperamento que a diferencias ideológicas. Sus ideas provocaban admiración incluso entre sus enemigos. Fue un prolífico escritor de tratados políticos e históricos reconocidos por su prosa elegante e intensa. En sus aclamadas memorias Mi Vida, Trotsky asegura que de niño había soñado en convertirse en novelista. Tan intolerante como obsesivo e incansable, era un voraz lector de novelas. Luego de leer El Talón de hierro, publicada en 1918, le envía una efusiva carta a Jack London, en la que, entre otras cosas, confiesa:
“Este libro me ha producido -lo digo sin exagerar- una viva impresión. No por sus estrictas cualidades artísticas… Voluntariamente, el autor es muy parco en el uso de los medios artísticos... Sin embargo, no quiero con esto disminuir en nada el valor artístico de la obra… El libro me ha impresionado por el atrevimiento y la independencia de sus previsiones en el terreno de la historia.”
En estas líneas es posible vislumbrar la envidia por una obra literaria que logra transmitir mejor que un tratado teórico, la esencia de un estallido social.


El caudillo misógino

Trotsky fue el primer dirigente de la Revolución de Octubre que denunció sus excesos en el panfleto Las lecciones de Octubre. En 1936, publica La revolución traicionada, donde acusa a Stalin de coartar la naciente revolución y describe los crímenes cometidos en nombre del socialismo.
Aún hoy, Trotsky es considerado un hereje dentro de la misma doctrina comunista en todo el mundo. Para estadistas como Winston Churchill, no tenía ninguna traza de compasión, ni sentido de la dignidad humana. Sin embargo, para sus simpatizantes como Curzio Malaparte o Francois Mauriac, Trotsky poseía un talento insurreccional único, y superaba a Lenin en claridad ideológica.
Estas apreciaciones de primera mano permiten una breve aproximación al lado humano de uno de los arquitectos más polémicos de la historia del Siglo XX.
Trotsky simboliza la imagen noble del proletariado emancipado. Su perfil aguileño envestido con una gorra partisana, barbilla de chivo, lentes de intelectual y atuendo pulcro resultan inseparables del mito del caudillo revolucionario. No obstante, era iracundo y mordaz. Muchos de sus camaradas lo encontraban arrogante y superficial. No tenía amigos debido a un marcado complejo de superioridad que desarrolló desde la infancia. Los rusos llaman a esta actitud samoliubiy, la voluntad de lucir, las ganas de lograr algo.
Trotsky despertó odios inmensos y devociones incondicionales. Aunque en sus memorias afirma que no le interesaban las mujeres, la verdad es que su timidez ante ellas lo volvía agresivo y amenazador. En París conoció a Ivanovna Sedova, con quien se casaría en 1903 sin divorciarse de Alexandra, sin embargo, en su autobiografía apenas menciona a ambas.
Buena parte de la tragedia de Trotsky se debió a su intransigencia, pese a su intelecto privilegiado y poder de convocatoria, carecía de habilidad de negociación y conciliación. Tan profundas contradicciones entre el hombre y el ideólogo se manifiestan en la respuesta que Trotsky da a André Malraux durante una entrevista:
-Creo que la idea de la muerte es, ante todo, producto del uso. De una parte, uso del cuerpo; de otra parte, del espíritu. Si se logra que este uso se produzca de manera armónica, efectuándose al mismo tiempo, la muerte sería un fenómeno muy simple… No encontraría resistencia.
Y de hecho, no la tuvo aquella fatídica noche mexicana de 1940, pese a lo que Trotsky predicó en vida.

martes, octubre 20, 2009

Si mis padres vivieran

publicado en la revista Día siete 478, octubre 2009

A finales de los años sesenta mis padres solían llevar a su familia al Dinamo número cuatro, a las faldas de los bosques al poniente de la ciudad de México. Yo era el penúltimo de diez hermanos y no había uno de nosotros que renegara del día de campo entre pinos, un arrollo de agua limpia y olor a carbón de los puestos de quesadillas. Nos acompañaban los amigos de mis padres y sus respectivas jinais (así le decía mi madre a su prole y a la de sus amistades), cada una con entre cuatro y siete integrantes, la mayoría niños. Era una mezcolanza entre Rocco y sus hermanos y Nosotros los pobres. El largo y tedioso trayecto de ida y vuelta del primer cuadro de la ciudad lo hacíamos en autobuses urbanos repletos cuyo penetrante olor a diesel, me provocaban náuseas. A veces pienso que mi generación vomitó su infancia en esta ciudad tras la ventanilla de un “chimeco”.
Un domingo de tortas y tacos sudados que mi madre preparaba en casa y mantenía calientes en una canasta de mimbre recubierta de mantelillos de algodón, que luego servían para humedecerlos en el agua fría del arrollo y restregarnos la cara a los niños más chamagosos. Pulque, cerveza y cábula para los adultos, que a ratos jugaban con sus hijos futbol o escondidillas. Hombres urdiendo el negocio que daría para siempre un giro de opulencia a los paseos; sus mujeres en lo suyo, pendientes de que nada saliera de control mientras ellas hablaban de “sus cosas”, como le decían a ese chismerío de baja intensidad sobre alguien ausente. Todo ello ayudaba a afianzar los lazos filiales de la grey.
Pasatiempos sencillos como corresponde a gente orgullosa que sabe lo que significa vivir bajo zozobra.
Esta evocación me hace revalorar lo que mis padres entendían por “sacrificio”. En medio de tantas limitaciones se divertían al parejo de su prole del mismo modo en que le inculcaron resistir y pelear por nuestra sobrevivencia.
Busco la complicidad del lector con mi sensación de vacío y profunda rabia ante la realidad que padecemos. No me gusta evadir mi presente, pero poco queda para sentirse optimista. No quiero pensar lo que hubiera sido de mí y de mis seres queridos tal y como están hoy las cosas en el país. Habría altas posibilidades de formar parte de las miles de víctimas de este escalofriante territorio de guerra contra el narco, pobreza y epidemias, y de miles más procesados en reclusorios por delitos que aluden alguno de los diez puntos mencionados por el presidente Calderón en su último informe de gobierno. No hay promesa ni justificación que valga para un pueblo obligado a una zafia connivencia con la Hidra del poder.
Si mis padres vivieran.

jueves, octubre 08, 2009

Historias bajo el talón de hierro: Entrevista radiofónica

Historias bajo el talón de hierro: Entrevista radiofónica
http://www.tertulia.com.mx/podcasts/080321EntrevistaJMServinAlfinaldelvacio.mp3

sábado, septiembre 12, 2009

Reseñas de Chambres pour personnes seules en diarios parisinos, marzo/09





Espacio de exhibición y venta en el Salón del libro de París






martes, septiembre 01, 2009

El hombre del brazo de oro (publicado en la Revista Día Siete 471. Agosto 2009)

La noche del 6 de abril de 2009 se celebraron en el Steppenwof Theatre de Chicago, los cien años del natalicio de Nelson Algren, escritor nacido en esa ciudad un 28 de marzo. La nutrida asistencia tuvo oportunidad de escuchar durante casi dos horas lecturas dramatizadas de la obra de Algren en la voz de los también escritores Barry Gifford, Don DeLillo y Russel Banks, y del actor Willem Dafoe.

Digno homenaje para quien con su novela The man with the golden arm, explorara a profundidad la tragedia existencial del adicto a las drogas, excluido y criminalizado ya desde entonces, por una sociedad que hoy se resiste a aceptar el fracaso de la cruzada mundial contra el narcotráfico.

Algren se anticipó a la generación Beat, al escribir sobre la experiencia de la marginalidad en las grandes urbes, sin idealizaciones ni imposturas. Se sentía comprometido con los desposeídos de un país que sólo propagaba logros. De joven, como jornalero migrante en busca de empleo en el sur de Estados Unidos, vivió en carne propia la pobreza alarmante provocada por la recesión económica que azotó al país y al mundo en la década de los treinta. Esto y su breve experiencia como recluta durante la Segunda Guerra Mundial, le dieron suficiente material literario para sus obras futuras.

The man with the golden arm consagró a Algren como uno de los escritores estadounidenses más importantes de la Posguerra. Publicada en noviembre de 1949, cuenta la historia de Frankie Machine, un excombatiente adicto a la heroína. De regreso a Chicago, su ciudad de origen, es continuamente acosado por la policía, cae preso y logra regenerarse. Una vez en libertad, tiene que lidiar con Zosh, su mujer, quien para retenerlo con ella, finge parálisis atada a una silla de ruedas. Frankie es presa de la desesperación y temeroso del porvenir sombrío que le espera en un barrio miserable, luego de haber prestado sus servicios a la patria, recae en la droga tras un fallido intento de convertirse en baterista de una orquesta de jazz; termina refugiándose en su antigua actividad como tallador de cartas en garitos clandestinos. No hay posibilidad de redención para tipos como Frankie, ocupados la mayor parte el tiempo en mantenerse lejos de la cárcel. Prostitutas, estafadores y alcohólicos que habitan edificios miserables forman parte del escenario que rodea al hombre del brazo de oro. El desolado antihéroe sucumbe a la codicia del traficante Louie, una presencia tan abrasiva como la heroína que vende; ambos entienden lo inevitable de ese despertar en algún callejón suplicando por otro pinchazo en las venas del brazo. Louie insiste a Frankie que los adictos que claman no poder dejar la droga, mienten. Según el primero, el uso constante del narcótico es síntoma de un castigo subconsciente, por culpas reprimidas del pasado.

Con un estilo elegante y vigoroso, a lo largo de su abundante bibliografía, Algren escribió sobre la imposibilidad de vencer. Sus personajes se expresan a susurros, en permanente agonía debido a sus adicciones y tragedias alimentadas por un mundo amoral; parecen ajenos a su pesadilla cotidiana que los destina a morir sin epitafio. Su realidad es un microcosmos de soledades compartidas. Templados en la derrota inspiran la compasión que Algren, con lucidez casi beatífica, supo configurar como rasgo inconfundible de su narrativa comprometida con los habitantes de barrios marginales. Frankie Machine, representa el inminente desmoronamiento de un proyecto económico global que hoy condena al abismo a paíse enteros en todo el mundo.

En los años previos a la escritura de The man with the golden arm, llevada exitosamente al cine en 1955 por Otto Preminger, Algren vivió un tormentoso romance con Simone de Beauvoir, con quien viajó a México, entre otros países. Se conocieron cuando Algren fue dado de baja del ejército en Europa y tuvo oportunidad de conocer a Sartré en París, quien tradujo Never come morning, novela publicada en 1942 y que vendería un millón de ejemplares: “Creo que le gusté a la cotorrona porque yo era todo lo contrario a su <>. Es decir, Sartré como cualquier otro pensador profesional, desde que tiene quince años sabe que en vez de obtener un título como médico va a convertirse en escritor. Entonces absorbe la tradición francesa y actúa en consecuencia. Para un intelectual de carrera no hay nada más normal que razonar lo que destroza emocionalmente a alguien menos sofisticado. Creo que de algún modo esto me hizo atractivo a ambos amigos. Pero no se crea que me gustó mucho lo que Simone escribió en Los mandarines. No me reconocí. Fantasea como solterona. En fin, ella y su <> son mas deshonestos que una prostituta y su chulo”.

Ganadora del National Book Award en 1950, The man with the golden arm marca un punto de quiebra con toda una literatura posterior que tomó las drogas y las adicciones como eje narrativo. Pese a no contar con una traducción decorosa al español, goza de actualidad gracias a su exploración profunda en el hastío y el desenfreno, sobre todo moral, que embarga al habitante de las grandes urbes; es un enfrentamiento con el curso de la historia contemporánea y el fracaso de sus dogmas.

El furioso individualismo de Algren ha pasado desapercibido en México, quizá por su poca afinidad con novelistas identificados con el desencanto juvenil y la narcosis como un estilo de vida a contracorriente de una realidad sujeta a prohibiciones institucionales. Por poner un ejemplo recurrente, Junkie, de William S. Burroughs fue publicada en 1953. Sin embargo, The man with the golden arm, obra cumbre de Algren, tiene puntos de contacto con el presente mexicano, plagado de ciudades inhabitables e interrogantes sin respuesta, sobre el destino de millones de víctimas que de un modo u otro, viven atrapadas en el flagelo de las drogas y el crimen. Frankie Machine, “el hombre del brazo de oro”, es un retrato del enajenado, el marginado, el vencido, el proscrito; uno de los tantos exluidos de un proyecto histórico global que protagoniza la inagotable crónica de hipocresías y promesas de bienestar tan dañinas, o más, que las drogas duras.

Nelson Algren murió el nueve de mayo de 1981 a los setenta y dos años. Poco después, su amigo el escritor Kurt Vonnegut declaró que Algren sabía que los pobres no eran los santos que otros autores retrataban sentimentalmente. The man with the golden arm cumple sesenta de publicación. Permanece joven como retrato de individuos que viven en el límite de la resistencia al olvido.

sábado, agosto 01, 2009

Mientras eso sucede (publicado en la revista Día Siete 464 (19/07/09)


fotografía de Moramay Herrera Kury

Esta época de miedos colectivos e incertidumbre ante la muerte, me ha hecho recordar algunas de mis emociones más intensas en momentos de duelo. Esto comenzó hace treinta años con la muerte de mi madre, a la que siguieron la de mi padre, la de mis dos hermanos mayores y un par de amigos entrañables. Pocas cosas se comparan al pasmo que antecede a la aceptación de la pérdida definitiva. No importa cuántas veces nos haya ocurrido antes, siempre tendrá la intensidad trágica de lo inevitable. De ahí que la frase “descanse en paz” conlleve un deseo de que nuestro trayecto a un mismo final sea sin angustias ni temores agobiantes.
No me queda duda de que estamos condenados a vivir y morir solos, aún en situaciones de emergencia colectiva. Pese a la cercanía de los seres queridos, nunca podremos expresar plenamente, a no ser al momento de vernos reflejados en el semblante del amortajado, nuestras emociones más honestas.
Hace unas semanas hice una visita imprevista al Museo Cementerio de San Fernando, cercano a mi domicilio en el centro de la ciudad de México. Se mantiene como en sus orígenes: pequeño, limpio y ordenado de acuerdo a la exigencias de las familias acomodadas de la época: las únicas que podían cubrir los onerosos costos de una inhumación en este exclusivo mausoleo. Los restos del presidente Juárez descansan ahí. Hoy en día llama la atención que en los alrededores sucios y alicaídos, pululen decenas de indigentes y menesterosos que parecen al acecho del momento oportuno de profanar las tumbas y tomar el lugar de sus ilustres difuntos.
Invitado por una amiga que quería retratarme rodeado de lápidas y nichos, tuve oportunidad de reflexionar sobre la barrera que oponemos a nuestra relación con la muerte. Cobijado por la apacible atmósfera del recinto en esa mañana soleada, inicié una fugaz cuenta regresiva del tiempo transcurrido en mi vida. Infancia, adolescencia y juventud extraviadas en un escenario de calamidades y alegrías efímeras. Las mujeres que se han ido y llegado. Cientos de calles inhóspitas, embriagadoras o cosmopolitas. Las cabezas ya canosas que se alejan en la memoria o me asedian como al eslabón perdido de sus nostalgias y fracasos. Sin embargo, nada de esto es indispensable para adueñarme de mi presente, con todo y las aprensiones que forman parte de mi identidad.
No busco una complicidad con la muerte, aunque debo reconocer que un cementerio de tiempos de la Reforma, se presta para ello. La sobria nobleza del conjunto y su finalidad ceremoniosa, dignifican a una ciudad legendaria por el desprecio a la vida y veneración a la tragedia. Sólo días después de mi visita, supe a través de un folletito turístico, que ée mausoleo se negó a recibir a miles de muertos de cólera durante la epidemia que azotó a la capital del país en 1833.
No tengo manera de saber si llegada la hora, reflejaré la tranquilidad de semblante que acompañó a mis muertos en su última despedida. Me daría un gran alivio irme sin remordimientos. Mientras eso sucede, una fotógrafa de sepulcros logró que alguien como yo, consolara el siempre vivo temor de morir sin que nadie honre mi memoria.

miércoles, julio 15, 2009

El impacto de la delincuencia en la modernidad de la ciudad de México

Una manera de comprender en mayor profundidad la convulsionada realidad actual de México, es aproximándonos a la transmisión de los símbolos más perturbadores. La nota roja periodística es uno de ellos, por su trascendencia como testimonio de un proyecto de nación fallido desde su génesis. La prensa mexicana que iniciaba su modernidad técnica a principios del siglo XX, se desarrolló en un contexto político de dictadura. El capitalismo naciente, cobijado por el porfiriato, favoreció la explotación de la mano de obra y justificó la construcción de un amplio aparato represivo: un ejército disciplinado y profesional y nuevos cuerpos policiacos para la vigilancia, organización y mayor control de los espacios públicos. Todo esto propició una violencia social muy peculiar a través de reglamentarismos y puniciones severas contra el pueblo, que resistió trasgrediendo la ley de diversas maneras, muchas veces radicales, violentas e ingeniosas que subsisten adaptándose a los tiempos.

Hoy en día el crimen y el escándalo tienen un papel decisivo como plusvalía en la industria de la información y el entretenimiento globalizados que, en México, determinan en buena medida nuestra voluble conciencia de lo que somos.

Las fotografías de El Impacto de la Modernidad de Jesse Lerner (Turner-Conaculta-INAH, 2007), extraídas del Archivo Casasola y de publicaciones policiacas, muestran seres y ambientes sin memoria ni abolengo, hijos de la fatalidad y de las estadísticas; extraviados en el limbo del tiempo, que recobran su alma y presencia entre los vivos, a través de fotografías que datan de mediados del siglo XIX como registros fenotípicos y antropométricos de delincuentes y pobres tal y como lo dictaba el darwinismo social, y a finales del mismo siglo, la naciente escuela criminológica positivista creada por Cesare Lombroso. Durante las primeras décadas del siglo XX, la fotografía criminal se ocupó de las dramatizaciones de testigos y detenidos y pocas veces  del registro directo de la tragedia del momento. Las explicaciones y estigmatizaciones a las conductas desviadas de la plebe, corrieron por cuenta de sociólogos y abogados como Julio Guerrero, que en La Génesis del crimen en México: Estudio de psiquiatría social, publicado en 1901, afirma que la delincuencia se encubaba “entre aquellos derrotados por la vida”.  Hubo que concluir el conflicto armado de la Revolución y con éste la consolidación del periodismo como el “quinto poder”, para que el fotógrafo de crímenes adquiriera identidad propia en la incipiente y vergonzante (pero cada vez más redituable) nota roja de los periódicos y revistas especializadas.

Cadáver con pistola Como si hubiera de fondo un melancólico conjunto de cuerdas ejecutando una marcha fúnebre, las imágenes brutales y fascinantes de El Impacto de la modernidad, al igual que los ensayos que las contextualizan, invitan a una profunda reflexión sobre la trascendencia de la memoria iconográfica en nuestra relación con el aquí y el ahora, más allá de la finalidad ideológica original, lombrosiana, de las fotografías.

La tragedia cotidiana recuperada en su grandiosidad inagotable como elemento transgresor, deja de ser parte del inventario judicial y herramienta del control social. El Impacto de la Modernidad disecciona la construcción de nuestra identidad a través de los estereotipos raciales como objeto de repugnancia, vergüenza, y compasión. Es preciso hurgar en el cometido original de las fotografías, para entender los usos e interpretaciones del cuerpo en la génesis de la criminología mexicana y su relación con el periodismo sensacionalista.

La obra de Lerner se inserta de manera afortunada dentro de una rara estirpe de publicaciones documentales, más o menos recientes en México, que exploran la fotografía judicial con el rigor y mirada de las vanguardias artísticas. El caos y el pavor que sombrean la historia de los bajos fondos mexicanos pueden apreciarse en Yerba, goma y polvo de Ricardo Pérez Monfort (Era-Conaculta-INAH, 1999), y en El Teatro de los Hechos de Enrique Metinides (Gobierno del Distrito Federal, 2000), quien ha llevado a niveles de excelsitud esta clase de testimonio judicial gráfico que bien podría llamarse “arte lombrosiano”.

El carácter evidente de las costumbres, el hecho de que el cuerpo se presente como entidad obvia –pura realidad- resultado de un largo y complejo proceso de identificación incuestionable, otorga una diferencia natural entre los sexos y los procesos de exclusión a que dan lugar; a las distinciones entre niños, jóvenes y ancianos, lo mismo que hace innecesario aclarar las diferencias entre grupos étnicos y raciales, rurales y citadinos, pobres y ricos, feos y bellos. A decir de Lerner “La fotografía criminalística del Archivo Casasola, que circulaba ampliamente en periódicos y revistas especializadas en la materia, tuvo un papel decisivo  en la creación y definición de la angustia con la que México entraba en el mundo moderno”.

La nota roja es un anfiteatro donde vemos al cuerpo supliciado, torturado, desmembrado y subordinado a minuciosos dispositivos y disciplinas que lo cercan, lo marcan, le imponen signos, usos y funciones; se ve sometido a una sociedad disciplinaria que emplea técnicas, procedimientos y discursos para formar (y deformar) individuos e identidades. En esta extensa red de relaciones cuerpo-individuo, espíritu y materia son actores principales, cuyo único papel es padecer o ejercer poder.

En la escena que presencian los mirones y los peritos, está el cuerpo concreto, real, el que cobra soberanía a través del delito y la contundencia de un acto sin palabras. Es la cristalización o lo diezmado de éstas, por más que la narración policiaca de no ficción otorgue al suceso una fuerza expresiva teñida de humorismo involuntario y adjetivaciones espectaculares que brindan un contexto narcisista al crimen, pero sobre todo a la víctima y al criminal. Es posible que la víctima objetive la instancia de la ley, pero como castigo al otro. Es posible que su presencia objetive su identificación con la ley, con la ley implacable que castiga al otro por sus faltas y pecados, incluso con saña. El cuerpo del criminal aloja en sus acciones, en su delito, la presencia cruel del superyo endiosado. El cuerpo como delito también hospeda la culpa que se castiga decididamente (o por lo menos idealmente) en el otro. La impunidad y la “justicia” aparecen como metarelato subyacente en la investigación histórica.

torre de guardia en Lecumberri Tal y como lo expone El Impacto de la Modernidad, en la fotografía criminal no existe un diálogo entre la lente y su objeto, aquélla sentencia sin apelación. En su cercanía, la imagen señala al objeto que enfrenta el escrutinio y jamás verá el resultado. El trípode de la cámara del registro policial, es también frío legista de muertes condenadas al anonimato casi siempre, pero que trascienden el tiempo a través de interrogantes: ¿Quién era el muerto?, ¿Por qué murió?, ¿De qué vivía?, ¿Vivía donde lo mataron o sólo fue a encontrarse con su destino? La lente, muchas veces por arriba de su objeto y encubierta por la explosión del magnesio, otorga al efecto condenatorio, el aura reservada a las divinidades.

Hasta hoy la fotografía judicial reproduce el modelo darwiniano de la evolución de la especie y la teoría derivada de ésta, propuesta por Cesare Lombroso (seguidor del naturalista inglés, pero sobre todo del sobrino de éste, Sir Francis Galton con sus teorías de la eugenesia) sobre el criminal nato; estigmas que en nuestros días resultan mascaradas de lo obvio: pueblos completos victimizados. Confinada a lo más denigrado y denigrante del periodismo impreso, la fotografía criminal registra la adrenalina inmovilizada, el crimen y su castigo antes que todo moral: ya que éste pasa por un largo y muchas veces interminable proceso -en el sentido kafkiano- de ventilación que hace del delincuente y del aparato judicial una metáfora de la atemporalidad.

Las imágenes de El Impacto de la Modernidad prefiguran sin proponérselo un estilo y el agudo sentido de tragicomedia que en las décadas siguientes con toda intención, fotógrafos como el ya mencionado Metinides elevarían al rango de epopeya. El crimen y la muerte nunca pierden su mórbida fascinación con el paso del tiempo.

Al revestir la tragedia de un halo religioso, aceptamos la omnisciencia del Mal en el doble castigo –exclusión y escrutinio público- a los trasgresores de los preceptos divinos. Las fotografías, en su papel de obituario y purgatorio, adquieren interpretaciones extraordinarias por sus detalles útiles a la ética policial que antepone el orden a la vida. El fotógrafo y su cámara funcionan como ministerio público de una mayoría silenciosa, condenada a servir como “ejemplo” a la vez que constata la eficacia de las fuerzas del orden. Con la fotografía, el sujeto es aprehendido como parte de la infalibilidad de la ley y del axioma: “el crimen no paga” (aunque los hechos demuestren que sí, y que muchas veces vale la pena correr el riesgo).

La vulnerabilidad del delincuente y de la víctima, convertidos en modelo, realza el impacto atemporal del melodrama sangriento en un solitario y elocuente testimonio en blanco y negro.

 

El impacto de la Modernidad, fotografía criminalística en la ciudad de México. Jesse Lerner, Turner, CONACULTA, INAH. 2007.